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El Field Day que se hace en solitario: cuando el operador único le ganó terreno a la banda de amigos

Hace no tantos años, organizar un Field Day era casi una logística de expedición. Se juntaban cuatro, cinco, a veces diez radioaficionados un jueves por la tarde para planear quién llevaba el radio, quién los tubos para el mástil o incluso la torre, quién la carpa, quién el café (siempre alguien lleva el café, y siempre falta). El sábado amanecía con una caravana de camionetas cargadas hasta el techo, y la mañana se iba completa nada más en levantar la antena: alguien subido en la escalera, otro jalando el cable, otro gritando «más para allá, más para allá» mientras el resto opinaba desde abajo con el café en la mano. Para cuando por fin se escuchaba el primer «CQ Field Day» ya era mediodía, y a nadie le importaba, porque lo que se había estado armando desde temprano no era solo una antena: era la convivencia.

Ese Field Day tenía sus tiempos muertos con propósito. El que no estaba operando estaba platicando, enseñándole a alguien más joven a copiar código, o simplemente viendo el fuego mientras alguien contaba por décima vez la misma historia del contacto que hizo con la Isla de Java con una antena de alambre y una radio prestada. Se compartía equipo, se compartían errores, y sobre todo se compartía el tiempo. La actividad en sí —hacer contactos, sumar puntos— muchas veces terminaba siendo casi un pretexto para lo que de verdad se estaba haciendo ahí: pasar el día entre gente que entendía por qué uno se emociona con una propagación buena en 20 metros.

Hoy el panorama cambió, y cambió rápido. Basta ver el equipo que carga un radioaficionado que sale a operar un fin de semana: un transceptor del tamaño de un libro, una batería de LiFePO4 que cabe en la palma de la mano, un panel solar plegable de 20 o 30 watts que se despliega en el cofre del carro, y una antena end-fed de hilo delgadito enrollada en un carrete que no pesa nada. Todo eso cabe en una mochila. Un solo operador puede salir a un cerro, montar su estación completa en cinco minutos, operar cuatro o cinco horas con energía solar, y regresarse a su casa sin haber dependido de nadie más. Es una libertad que hace veinte años era impensable, y hay que decirlo sin rodeos: es una maravilla técnica!. QRP con paneles solares y antenas de hilo fino es, para muchos, la forma más elegante que existe de hacer radio.

Pero esa misma libertad trae consigo un costo silencioso. Cuando cada quien puede armar su propia estación en cualquier loma sin necesitar ayuda de nadie, el Field Day de grupo empieza a perder sentido de existir. ¿Para qué coordinar con cinco personas, cargar el radio, montar la carpa grande, si yo solo con mi mochila puedo salir el sábado a la hora que quiera, operar donde quiera, y hacer más contactos que antes porque no tengo que compartir turno en la radio? La lógica es aplastante en cuanto a eficiencia personal. Pero es exactamente ahí donde se empieza a perder algo que ninguna cifra de contactos logrados puede medir: la hermandad de armar algo juntos.No hay ninguna descripción de la foto disponible.

Porque un Field Day de grupo no se mide solamente en puntos ni en países contactados. Se mide en el aprendiz al que alguien más experimentado le prestó su radio por primera vez. Se mide en la anécdota que se cuenta un año después de que «aquella vez que se cayó el mástil». Se mide en que el club, como club, exista más allá de un grupo de WhatsApp donde cada quien reporta su log por separado. La operación individual con equipo pequeño no está mal —al contrario, ha democratizado la afición de una manera notable, permitiendo salir al aire a quien antes no tenía ni el espacio ni el presupuesto para un equipo de base—, pero cuando se vuelve la norma y no la excepción, el club deja de ser un punto de encuentro y se convierte en una simple lista de contactos que rara vez se ven la cara.

No se trata de pedirle a nadie que deje su Elecraft KX2 o su QCX-mini en la casa. Se trata de no olvidar por qué esta afición, desde su origen, ha sido también una afición de comunidad. Tal vez la respuesta no está en elegir entre uno u otro, sino en encontrar el balance: seguir saliendo cada quien con su estación ligera cuando así lo pida el momento, pero también reservar esas fechas del año —el Field Day, el aniversario del club, la salida de fin de mes— para volver a juntar las camionetas, volver a subir la antena entre varios, volver a compartir el café que siempre falta.

Porque al final, un contacto se puede hacer solo. Pero un club, una hermandad de radioaficionados, solamente se construye estando juntos.

Escrito para www.crecj.org — Club de Radioexperimentadores de Cd. Juárez
Mario, XE2MAM

Mario

Amante de la radio.

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